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Cultura del vino para quienes no quieren vivirlo "light"

Un paseo por los vinos de Alsacia

 

Texto: Rosa María González Lamas. Foto portada: Grand Cru Mambourg, Pierre Sparr. Fots: Viajes & Vinos, Vins d'Alsace, Pierre Sparr, Mélanie Pfister, Gustave Lorentz (C)

 

Se dice que la viticultura comenzó con los romanos. En el medioevo comenzaron a expandirse las villas con viña y para el siglo XVI alcanzaron su esplendor, una era próspera de fama y fortuna marcada por la exportación y las primeras regulaciones al cultivo de viña y producción de vino. Esto cambiaría después, cuando de ser la región con la mayor superficie cultivada en Alemania antes de la Primera Guerra Mundial, Alsacia pasó a convertirse en la más pequeña de Francia después.

La Riesling y otras variedades blancas son las grandes protagonistas de los vinos alsacianos, una producción que se inserta en algunas de las tendencias del momento: el renacer de los vinos blancos, una cada vez mayor preferencia por las burbujas, tintos más finos y un gran respeto por la diversidad. Con todas cumple Alsacia, lo que la coloca de rabiosa actualidad.

Porque pocas regiones de vino hay en el mundo capaces de elaborar vinos blancos dulces, secos y espumosos, con complejidad y presencia en boca como la que transpiran los vinos de Alsacia, que, además de sus vinos de mesa y cosechas tardías, tiene también una historia burbujeante de Crémants, una pasarela de estilos del prêt-à-porter a la haute-couture con una gran aptitud gastronómica, del aperitivo al postre. Los vinos son, también, frescos, idóneos para platillos más ligeros e incluso protagonizados por el mundo vegetal, amén de versátiles para sabores cosmopolitas como pueden ser el ceviche o el sushi.

Además de por estas razones, Alsacia trina vigencia por su compromiso con la sustentabilidad ambiental, una apuesta en la que los cultivos biológicos o los biodinámicos ya representan 1/3 de los viñedos cultivados en la región, aportando a la transparencia y pureza en la expresividad que busca el consumidor de hoy en la elaboración.

Una de las tres principales regiones francesas por extensión de superficie plantada con criterios orgánicos, Alsacia fue precursora de los vinos biológicos  ---cuna de la agricultura biodinámica en Francia, donde el primer proyecto se empezó a manejar así en 1925 y la primera organización afín se creó en 1958---, y hoy ya hay dos generaciones trabajando en biológico, un estado que las nuevas generaciones harán trascender aún más.

Tan convencidos están los alsacianos sobre la necesidad de los cultivos biológicos que incluso han creado un sello propio, Vinabio Alsace, y su propia carta que rige la producción de vino orgánico en la región.

Y en adición a la fragancia que ya tienen los matices de los vinos alsacianos, éstos tienen un especial perfume de mujer fruto de la amplia presencia que las féminas tienen en las bodegas y proyectos de elaboración.

El terroir alsaciano

 

Alsacia se sitúa en el noreste de Francia y en la frontera con Alemania. Una de las características más notables de la región es el eclecticismo de sus suelos, pues en apenas 100 kilómetros y 15 mil hectáreas de viña hay una vitrina a unos 13 tipos de suelos del mundo, una gran diversidad que se percibe en la copa, donde se pone el acento en la acidez y la mineralidad.

Este despliegue de suelos es fruto de una historia geológica que aseguró que todas las eras, del primario al cuaternario, estén presentes en Alsacia, propiciando la formación de muchos y variados terroirs. Se ven las conchas de distintas eras en los suelos calcáreos, hay suelos de arcilla, esquisto, margas, granito, gneiss, loess, suelos volcánicos, arenosos, aluviales o grès, como el que se haya en la Catedral de Estrasburgo, ciudad sede del Parlamento Europeo. Suelos condenados a convivir y a entenderse, como los diputados procedentes de muchos países e ideologías políticas.

Al igual que éstos la topografía sube y baja, habiendo incluso zonas donde es preciso practicar la viticultura heroica, utilizando canastas para sacar la uva en vendimia. Esto, unido a una diversidad de exposiciones solares o variedades de uva, puede lograr vinos excepcionales, en armonía y sin estridencias, vinos capaces de transmitir la gran fuerza telúrica que abraza a los grandes vinos.

La climatología alsaciana está muy determinada por la cordillera de los Vosgos, que ejerce de frontera natural. Ello incide en el clima porque limita las influencias atlánticas, reforzando las continentales, lo que remarca las amplitudes térmicas y extremos de frío y calor que favorecen la maduración de las vides. Los Vosgos también ayudan a controlar la humedad, ya que los vientos secos que llegan del oeste tienden a descargar lluvia en la parte occidental de la cordillera, eliminando el componente húmedo al llegar a las pendientes del este. Esto contribuye a un clima bastante seco y favorable al cultivo de la uva, pues ayuda a prevenir enfermedades de la vid, a la par que mantiene una relativamente buena hidratación.

Todo este conjunto de circunstancias de clima, suelo y espacio conforma los microclimas alsacianos. Junto con la mano del hombre y de la historia, este contexto da génesis a unos 51 terroirs distintos en Alsacia, lugares mágicos y únicos con energía en el vino, con pureza y autenticidad bien evidentes, un magneto para los consumidores de hoy.

Estos 51 lugares excepcionales --- Appellations d’Origine Contrôlées (AOC) Grands Crus---  empezaron a identificarse desde el siglo IX y hoy constituyen el 4% de la producción vitivinícola alsaciana. Son, los calcáreos, la cuna de los vinos destinados a evolucionar.

Pero sobre el suelo están las uvas, elemento esencial del vino. En la región hay muchas uvas aromáticas, lo que aporta a la belleza de una región productora tradicional. Pero no siempre fue así.

Para poder atacar las enfermedades de la vid a inicios del siglo XX, los viticultores introdujeron las variedades híbridas que incrementaron la producción en tan magnitud que se deseancadenó una crisis en la región. Desde 1902 el tamaño de Alsacia comenzó a reducirse.

En Alsacia reina la Riesling, pero además hay otras como la Pinot Gris, la Pinot Blanc, la Sylvaner, la Muscat o la Gewürtztraminer, entre las blancas.

En la región, los vinos de Gewürtztraminer tienden a ser bien estructurados y a percibirse más dulces y maduros que en otras versiones de la uva elaboradas en otras regiones. Se trata de la variedad con el mayor potencial de alcohol por volumen, algo que ha sido impronta en muchas de las vendimias más recientes, muy calurosas. Esto obliga a dejar una mayor cantidad de azúcar residual para compensar el alcohol que en ocasiones puede alcanzar hasta 16%.

Como consecuencia de esto (y aunque muchos productores han ido controlando los niveles de azúcar) pronto espera implantarse una ley que requerirá indicar claramente el nivel de azúcar residual  ---seco, semi-seco, semi-dulce y dulce--- en las etiquetas de los vinos AOC Alsacia, con algunas excepciones. Esto ayudará a los consumidores a poder identificar mejor el tipo de vino que contiene la botella.

Y además de la grandeza que expresan los vinos de Riesling alsacianos, hay por descubrir también la finura de los Pinot Noirs, que hoy apenas representan el 10% de la producción alsaciana, pero se espera incremente, haciéndose hueco gracias a su gran armonía con muchas comidas más ligeras que se preparan hoy. Algo apetecible pues Alsacia es también un destino gastronómico.

Los Pinot Noirs de Alsacia se destacan por su palidez, pureza y finura, para nada enmascarados por taninos suaves, algo que permite la diversidad de suelo. Sus muy delicadas notas a fruta oscura, cerezas, notas a cuero, especiados, notas de vainilla y taninos suaves son señas de identidad. La Pinot Noir es la única cepa desprovista de grandes cantidades de taninos que, a pesar de ello, puede perdurar y ofrecer complejidad. Es, sin duda, la nueva frontera de Alsacia.

 

 

Denominaciones y Crus

 

El General Charles de Gaulle firmó en 1945 una nueva ley que definía las apelaciones de Alsacia y establecía el marco regulatorio inicial para la región. La zona de producción se definió, trasladando el énfasis hacia las colinas, y lejos de las llanuras. Las viejas y prolíficas variedades de uva se dejaron de lado en pro de las más elegantes. En 1962 se reconocieron las AOC que hacían hincapié en la producción de vinos de alta calidad, y ese mismo año se creó la AOC Alsace que tuvo su Consejo Interprofesional en 1963. En 1975 se creó la AOC Alsace Grand Cru, cuyos vinos se destacan por tener un enorme potencial de envejecimiento, y en 1976 la AOC Crémant d’Alsace.

Los Crémant d’Alsace son vinos espumosos elaborados por el método de segunda fermentación en botella, que se han estado haciendo desde fines del siglo XIX y que son muy versátiles a nivel gastronómico y con muchos matices, casi como el champán. La Pinot Blanc es la principal variedad empleada para hacer los Crémants d’Alsace, a los que aporta frescura y un halo de delicadeza. La Riesling, Pinot Gris, Chardonnay y Pinot Noir también se emplean en estos vinos que hoy representan cerca del 25% de la producción alsaciana.

¿Y los rosados? Alsacia no es ajena al gran incremento del consumo de vinos rosados en Francia y del ascenso de éstos como una categoría seria en el vino. Hoy día muchos productores alsacianos producen vinos rosés y, de acuerdo a algunos de ellos, también muy buenos, aunque el hecho de que la Pinot Noir apenas ocupe 10% de la superficie plantada en la región constriñe el rol que los vinos rosados puedan tener en Alsacia, que entre los de esta tonalidad se inclina por los crémants.

Además de los anteriores, en Alsacia se producen vinos de cosecha tardía (Vendanges Tardives) y de selección de uva (Sélection de Grains Nobles), vinos cuyas uvas deben de vendimiarse con un alto contenido en azúcares y solo pueden comercializarse tras 18 meses de maduración. Los Sélection de Grains Nobles se elaboran a partir de las uvas más pasificadas por la podredumbre noble y con una gran concentración de azúcar. Son vinos potentes, complejos y persistentes.

Toda esta gran ecuación cuyo resultado son los vinos de Alsacia tiene también a su haber otros elementos, que pudieron percibirse de manera prolongada en el tiempo. Recientemente el Consejo Interprofesional de Vinos de Alsacia reunió a un centenar sus bodegas alrededor de Millesimes Alsace, un evento que puso en contacto a productores de esta región francesa con profesionales del vino del mundo, entre los que DiVINIdades de Viajes & Vinos fue uno de los invitados a tomar parte en el ejercicio. Repasamos la oferta de algunas de sus bodegas. 

DOMAINE JEAN-MARC BERNHARD

 

Jean-Marc Berhnard es un viticultor independiente y éste es un proyecto familiar que se ha ido transmitiendo de padres a hijos desde 1802. Hoy esa tradición familiar persiste, con un compromiso medioambiental que ha llevado a la bodega a certificar su producción como de agricultura biológica. La bodega elabora vinos con las AOC Alsace, AOC Crémant d’Alsace y AOC Alsace Grand Cru, con una apuesta por el terroir y una gama de vinos elegantes, con raza, finos, gastronómicos y dotados de largura y frescor.

Las sensaciones minerales son un gran signo de distinción de los vinos de Alsacia y no fueron la excepción entre los de Domaine Jean-Marc Bernhard. Su Alsace Grand Cru Wineck-Schlossberg AOC Riesling 2018 fue un vino blanco con prácticas bio y tonalidad pajiza pálida con iridiscencias violáceas. En nariz se percibieron abundantes notas a piedra mojada, muchas notas de humo y pólvora, así como un final de jengibre, que en boca dejaron un vino eléctrico, con chispa, mineral y con final salino. Del Alsace Grand Cru Schlossberg, el Riesling 2017, bio, también se destacó por sus marcados recuerdos a piedra y humo en nariz, y salinidad y frescura en boca donde se percibió muy joven y aún por crecer, como es la norma en los Grands Crus alsacianos. Entre otras etiquetas, la bodega también elabora un Pinot Gris de Grand Cru, y un Gewürtztraminer, del Grand Cru Kaefferkopt, que en su añada 2017 mostró los matices a piedra del resto, pero también unas notas florales complejas y recuerdos a melocotón y quenepa.

DOMAINE MELANIE PFISTER

 

Se deba a intuición o se deba a razón, los de Domaine Mélanie Pfister son vinos con alma, muy armónicos, con esencia de terruño y origen, y con un eco sensorial que les delinea una personalidad bien marcada entre los de la región.

Una de las elaboradoras más vocales de esa generación femenina que delinea a la Alsacia de hoy y del futuro, Mélanie es la octava generación de los Pfister, que desde 1780 comenzaron a trabajar en Dahlenheim, al norte del viñedo alsaciano.

Segunda de tres hermanas y la única en dedicarse al vino, confiesa que sus padres nunca las forzaron a hacerse cargo de esta bodega familiar que cuenta con diez hectáreas situadas en colinas con suelo calcáreo en los que la viña convive con praderas y bosques. Es en ese paisaje donde la naturaleza se expresa con biodiversidad que los Pfister poco a poco fueron instalando una cultura de elaboración que apuesta por lo biológico y lo biodinámico. 

Trabajar en “bio” es para Mélanie un orgullo como viticultora, porque es una forma de abordar la viña con más retos y riesgos, pero que vale la pena por la diferencia que se percibe en copa. Los suyos transmiten su origen, se perciben vinos vivos y transmiten su energía independientemente de que sean mono o plurivarietales.

“Practicamos la biodinámica en sus bases fundamentales en la viña, preparaciones 500P y 501, cola de caballo y otras tisanas de plantas. Y en bodega presto atención a las mareas, así como al calendario lunar para mis operaciones de trasiego y embotellamiento” explicó Mélanie a DiVINIdades de Viajes & Vinos.

La sinceridad de los vinos es expresiva. El Domaine Mélanie Pfister Alsace Grand Cru Engelberg Riesling 2017 tiene una nariz inmaculada, que destaca de inicio las notas minerales, a humo y piedra mojada y luego deja ver su perfil más cítrico. Esa misma impronta persiste en boca, donde este blanco equilibrado y con estructura es sápido y manifiesta los tonos a limón, así como una pizca láctea que no engaña. Algunos vinos realizan la fermentación maloláctica de manera espontánea. El Grand Cru Engelberg tiene un suelo espeso y pedregoso sobre roca madre calcárea y los vinos que de él proceden están destinados a largas guardas.

Otro Riesling sobresaliente fue el Domaine Mélanie Pfister Riesling 2019 Berge, muy mineral, muy recto, muy directo y muy fino, con aromas que pasaron por el delicado melocotón, tonos de guanábana y manzana asada, así como una pizca de almendra y mucho talco. En boca fue salino, cítrico con sensaciones alimonadas, con un pase sedoso y ligero en boca donde terminó limpio y crujiente.

Junto con estos dos monovarietales, la bodega también presentó un vino blanco de ensamblaje, Domaine Mélanie Pfister Assemblage 2018, donde se funden la Pinot Blanc y la Auxerrois con sensaciones de mayor calidez, pero iguales matices minerales, recuerdos a frutas de hueso y flores blancas, y un final picante a jengibre.

Pero al igual que destacaron los blancos monovarietales de Riesling lo hizo el Domaine Mélanie Pfister Pinot Noir 2019 Hüt, un verdadero paradigma de lo que es el potencial de los tintos alsacianos elaborados con esta variedad. Un tinto muy bueno, finísimo, cuyos aromas trasladaron directamente a los bizcochos especiados de frutas de Navidad, con sus aromas a fruta escarchada oscura, cereza, mora, frambuesa y especias como canela, clavo, nuez moscada y mejorana, que luego dejaron ver notas a pimienta, a tostados y café. Un vino goloso, persistente en el paladar, donde se expresó con gran finura, elegancia y equilibrio.

“La Pinot Noir es la variedad prometedora de un gran futuro en Alsacia. El cambio climático ayuda, pero lo que ha cambiado realmente es el savoir-faire. En nuestra bodega ha sido el vino que más ha cambiado entre la generación de mi padre y la mía. Contrario a mi padre, tuve suerte de estudiar y trabajar fuera, más que todo en Borgoña, una experiencia que me enriqueció mucho”, apuntó Mélanie, quien también hizo hincapié en el rol de la mujer en la producción vitivinícola alsaciana, donde cada vez hay más féminas elaborando, algo que también sucede en otras regiones. En Alsacia se han agrupado en “diVINes d’Alsace” (Las divinas de Alsacia), una asociación que Mélanie y otras colegas crearon en 2011. Mélanie también ha estado ligada a Femmes de Vin, la asociación francesa que agrupa una decena de asociaciones regionales de mujeres en el vino.

A pesar de ello, Mélanie no encasilla sus vinos como femeninos, subrayando que el vino es cuestión de personalidad y no de género. “Salvo los Pinot Noir, no creo que mis vinos sean tan distintos a los que hacía mi padre”, concluyó.

DOMAINE ROBERT ROTH

 

Aunque la tradición vitivinícola de los Roth se remonta al siglo XIX, la cosecha fundacional de Domaine Roth la embotelló Victor Roth a fines de la década de 1940. Fue cuando tras la Segunda Guerra Mundial Alsacia volvió a ser francesa y a vivir un renacer cuando Roth y su esposa decidieron que, entre los cultivos agrícolas que tenían, escogerían la uva para enfocarse en ella y elaborar vino. Así unieron los viñedos de él y los de ella para aumentar las dimensiones de la viña, que se encuentra en Soultz, un pequeño pueblo con suelos arenosos y calizos en el extremo sur de la Alsacia vitivinícola.

Estos viñedos son la base para crear vinos con estructura, precisión y potencial de guarda, además de ser gastronómicos, razón por la que se presta especial cuidado al manejo de la viña, respetando sus ciclos, balances y entorno, de manera que se ayude a la naturaleza a sentar las bases para crear vinos con pureza de fruta y una expresión singular de los terroirs de Mittelbourg, Hornstein de Soultz y Orschwillerbourg.

Pronto comenzarían los hijos a trabajar con sus padres en este proyecto de vinos, una tarea que luego siguieron otras generaciones hasta llegar a la tercera y cuarta, encargada de cultivar la viña y elaborar el vino hoy. Así, se aumentó la producción y se mejoró la calidad de los vinos, se expandió la viña hasta alcanzar las 18 hectáreas, se compró una sede para la bodega, y se fue forando para ella un nombre, en y fuera de Alsacia.

A mediados de los 2000 la bodega decidió llevar su producción al terreno orgánico, una conversión que comenzó en 2016 y que empezó a implantarse en la parte enológica a partir de la cosecha 2017.

El Domaine Robert Roth Riesling 2019 Hornstein se percibió algo más maduro de lo que supondría su edad. Las notas dulces y melosas se sintieron desde la nariz, con la fruta como protagonista de los aromas a melocotón maduro, compota de manzana, níspero y flores blancas. En boca el vino se sintió algo evolucionado, aunque muy cítrico y con un final de salinidad punzante. Las uvas para el vino proceden de viñas viejas que, tras realizar su fermentación alcohólica, permanencen un año con sus lías en fudres.

El Domaine Robert Roth Riesling 2019 Mittelbourg ya dejó sentir más notas minerales, con aromas a piedra mojada, talco, piedra fusil, tiza, aunque persistieron los recuerdos más dulces a melocotón y albaricoque, así como a flores blancas. El vino fue evolucionando en copa, y en boca tuvo buena acidez aunque no se percibió tan salino como el anterior de Hornstein. Las uvas proceden de un subsuelo calcáreo con particularidades de altitud y exposición solar que propician su lenta y completa maduración. que lleva a una fermentación larga y un envejecimiento en lías durante 23 meses en fudre de roble.

Más paciencia hubo que tener con el Domaine Robert Roth Assemblage 2017 Mont St. Georges, un vino para dejar en copa, con profusos aromas florales, a litchi, pomarrosa y manzana, incluso con un punto de queroseno. Las sensaciones aromáticas a flores persistieron en boca, donde tuvo buena acidez, buen volumen, salinidad, finura y gran persistencia.

Al igual que otras bodegas, Domaine Robert Roth también elabora un Pinot Noir, el Orschwillerbourg 2018, con aromas a compota de fresa, pimienta negra, tonos tostados y cedro, y una boca untuosa y delicada, con trago fácil y buena persistencia.

DOMAINE SOHLER PHILIPPE

 

Domaine Sohler Philippe es un proyecto familiar que hoy es regentado por dos mujeres, Marine & Lydie, la primera generación íntegramente femenina de la bodega.

Desde 2018 la bodega emprendió un esfuerzo de conversión hacia la agricultura biológica en las viñas propias que se extienden por unas once hectáreas con gran diversidad de suelos, subsuelos y exposiciones al sol, lo que permite una gran riqueza de expresiones en el vino. El manejo de la viña se realiza teniendo en cuenta las virtudes de algunas plantas y los ciclos lunares.

Entre los vinos que elabora la bodega el Domaine Sohler Philippe Alsace Grand Cru Muenchberg AOC Riesling 2017, un blanco aromático y gastronómico con recuerdos minerales a piedra mojada y tonos cítricos y tropicales a toronja, limón y hasta un punto de guayaba, que en boca se mostró fresco, salino y con persistencia. El Domaine Sohler Philippe Vin d’Alsace Riesling 2018 Heissenberg se percibió más evolucionado que el anterior, con aromas algo anisados, a caramelo de eucalipto, piedra mojada, un punto floral y hasta un fino velo de café con leche. En boca tuvo buena untuosidad, algunas notas especiadas y bastante persistencia. El Domaine Sohler Philippe Assemblage Gaïa 2017 fue más parco en aromas, dejando recuerdos a melón, piedra, talco, tiza, delicadas flores blancas y un punto a piña, antecediendo a una boca golosa.

Los tintos tienen también cabida en Domaine Sohler Philippe, como es el caso del Pinot Noir 2017 Dyonisious by Mateo, un tinto muy ligero y no tan afrutado en boca. En la nariz aparecieron aromas a fruta oscura, abundante pimienta negra, pimienta blanca, cáscara de naranja, tostados, cedro y una pizca de clavo. En boca dejó matices salinos, aunque con moderada acidez. El vino envejeció en barrica durante un año.

FAMILLE DIETRICH

 

Con el apellido del Angel Azul se bautiza este proyecto familiar que tiene como legado más valioso el poder transmitir de generación en generación un conocimiento para interpretar todas las sutilezas del terroir y derramarlas en el vino.

La bodega tiene su eje en pleno corazón de Alsacia, sobre el piamonte de los Vosgos. El suelo característico es aluvial, lo que hace que en un modo u otro afloren en el vino matices más o menos minerales. La orientación de las parcelas aportará cualidades diversas al vino al momento de la vendimia y esas diferencias se transformarán en vinos más jóvenes o en vinos con vocación de envejecer.

Dambach-la-Ville, donde están los proyectos de vino de los Dietrich, se conoce por su granito, a través del cual la viña precisa penetrar con mayor profundidad, un suelo que favorece a la Riesling, que alcanzará su esplendor tras algunos años de botella.

Precisamente granito es lo que pintó el nombre del Dietrich Vin d’Alsace AOC Riesling 2018 Granit Sec, un blanco que se anunció fresco desde la nariz, donde aparecieron aromas como la piedra mojada, una pizca de fósforo, melón y manzana Granny Smith. Su boca fue fresca, untuosa, salina, con buen volumen, pizcas especiadas, un tono a café con leche fino y un largo retrogusto a toronja, con una acidez más marcada, lo que redundó en un vino limpio y con chispa.

Destacado también el Dietrich AOC Riesling 2015 Lanzenberg Sec, con notas más maduras y una mineralidad menos marcada. Abundante compota de melocotón y pizcas tropicales, a quenepa y a fino humo delinearon sus aromas. Su boca estuvo más hecha, con un untuoso retrogusto y final seco, con una nota a almendra seca reminiscente del vino de Jerez.

Además de con estos dos Rieslings la bodega expuso su trabajo en el Grand Cru Frankstein con la moscatel y la Pinot Gris. El Dietrich Alsace Grand Cru Frankstein Muscat 2016 tuvo delicados aromas florales a rosas y litchi, en convivencia con profusa ruda y menta que recordaron el licor de hierbas. Un vino con más volumen en boca que expresión, y que terminó seco y no tan afrutado ni persistente. Por su parte el  Dietrich Frankstein AOC Pinot Gris 2015 Moelleux arrastró sutiles aromas apetrolados, florales y a frutas como el albaricoque, el mangó, el níspero o el kiwi, todas frutas con un punto de acidez. En boca, donde se mostró afrutado, el vino entró dulce, como un cosecha tardía, pero terminó seco, con untuosidad y buena acidez, dejando un retrogusto con notas de suave nuez y una sensación electrificante de jengibre en los labios.

GUSTAVE LORENTZ

 

Los Lorentz llegaron a Alsacia alrededor de 1680 y estrenaron el negocio del vino en 1836, en Bergheim, en la frontera con Alemania. Desde entonces el amor y la pasión por este elixir se han ido pasando a través de generaciones que han luchado por poner el foco en la geología singular de sus terroirs en el corazón de los viñedos alsacianos a la par que preservan la expresión varietal de cada uva.

Con esta meta en mente y convencida de la necesidad de preservar el medioambiente, la bodega comenzó una transición hacia la viticultura orgánica a inicios del siglo XXI. Ya para 2009 se lanzó la conversión de todas sus 33 hectáreas a viña orgánica. Entre sus prácticas en la viña, la bodega deja cubiertas vegetales de grama entre algunas hileras de cepas. En 2012 obtuvo la certificación ECOCERT, que representa el compromiso hacia ese proceso orgánico. Desde esa cosecha todos los vinos de la bodega llevan el sello de certificación orgánica. Aunque la bodega no está certificada como biodinámica, sigue un 90% de estas prácticas y no descarta obtener las certificaciones DEMETER en el futuro.

Como fruto de este esfuerzo nació Evidence, un vino que refleja el respeto por la biodiversidad, que en 2014 se convirtió también en un vino vegano, en el cual no intervienen productos que no sean de origen vegetal. La clarificación se realiza con productos vegetales a base de guisantes. Gustave Lorentz fue la primera bodega alsaciana en obtener el sello vegano certificado por la Unión Europea Vegetariana.

Los Lorentz surten sus uvas de viña propia y uvas compradas. De eso salen varias gamas, espumosos, tinto, rosados y blancos que van desde los vinos menos complejos hasta Grand Crus con gran potencial de envejecimiento, así como un vendimia tardía.

Los viñedos de la bodega se concentran en el Lieu-Dit Burg y dos Grands Crus, el Altenberg de Bergheim y el Kanzlerberg, que con apenas 3.23 hectáreas es el Grand Cru más pequeño de Alsacia y tiene un suelo único compuesto de arcilla con marga y yeso negro, siendo Kanzlerberg el único lugar en la región con yeso en su suelo. Los vinos de este cru requieren entre siete y ocho años para evolucionar, lo que da una idea de su potencia y entereza, evocando el vínculo con el suelo. Pinot Gris y Gewürtztraminer son las variedades más acopladas a él.

La historia del Grand Cru Altenberg de Bergheim, de donde surge el vino top de la bodega, se remonta al siglo XIII. Bergheim es una ciudad medieval y este Grand Cru es ideal para el cultivo de la Riesling y la Gewürtztraminer. Los Rieslings de este Grand Cru se destacan por su rica complejidad, por su madura acidez, por sus notas especiadas a jengibre rallado y confitado, tonos cítricos, flores blancas y, lo más importante, un magnífico potencial de envejecimiento que alcanza un cuarto de siglo o más. La bodega es el mayor propietario de este cru, del que posee unas 12 hectáreas, en su mayoría plantadas con las dos variedades antes indicadas.

Además de la reconversión de su viña a cultivos orgánicos, la bodega también ha diseñado una nueva bodega concebida para equiparse a la calidad del trabajo realizado en la viña. La estructura cuenta con tecnología puntera, 75 depósitos de acero inoxidable y un parque de barricas, amén de 25 toneles de más de un siglo.

Hoy son Georges y su hijo Charles, sexta y séptima generación de los Lorentz, quienes llevan el timón de la bodega, una de las mayores bodegas familiares en Alsacia.

La bodega exporta más de la mitad de su producción y hoy está presente en suelo firme y en las nubes, ya son más de 65 los países a donde llegan sus botellas, que también han tenido y tienen presencia en las principales aerolíneas del mundo.

Entre sus Rieslings con apelación Grand Cru y vocación de perdurar, el Gustave Lorentz Alsace Grand Cru Kanzlerberg Riesling 2017, con tonalidad amarillo verdosa, aromas a piedra mojada, sutil membrillo, fruta de hueso, pera, que se fueron abriendo en copa y terminaron con un final cítrico de toronja y pimienta blanca, buena salinidad y mucha frescura en boca, así como un cuerpo más bien ligero. Junto con éste un excepcional Gustave Lorentz Alsace Grand Cru Altenberg de Bergheim Riesling 2016 Vieilles Vignes, un blanco que conjugó la sutileza de aromas con un buen cuerpo. Con notas más minerales, a sílex, y, sin ser muy untuoso, se le percibió un mayor volumen en boca donde se expresó más goloso, más redondo y con mayor estructura. Aromas a talco y hoja de limonero, suave melocotón y piedra mojada desembocaron en un final especiado a jengibre en polvo. Es en boca donde el vino se lució, envolvente, con sapidez y notable persistencia, con un final bien largo, muy fresco y con persistente retrogusto. Las cepas para este vino tienen entre 30 y 50 años en promedio y su potencial de envejecimiento puede alcanzar los 10 a 15 años. Para preservar el material genético de esas cepas viejas, la bodega las reproduce con selección masal.

La bodega también elabora Pinot Noir, como el Gustave Lorentz Pinot Noir 2015 La Limite AOC Alsace, un tinto pálido de cuerpo ligero con aromas iniciales a carne ahumada y umami, especias, clavo, laurel que luego fueron dando paso a tonos a cereza madura, sílex y pimienta blanca. Un vino vivo, que en boca destacó la fruta, sin acidez marcada, pero aún con tanicidad y vigor. Las cepas tienen un promedio de 20 años y el vino un potencial de guarda de entre una década y 15 años.

La Gewürtztraminer es otra variedad blanca que elabora la bodega. Su Dietrich Alsace Grand Cru Altenberg de Berghein Gewürtztraminer 2012 acusó en vista su evolución, con tono amarillo más intenso sin llegar a ser dorado. En nariz fue un delicioso perfume, exuberante, con notas florales a rosa, recuerdos a parcha, melocotón y un punto de humo. En boca, a pesar de su gran volumen y untuosidad, se sintió un poco corto de acidez, quizás por ello se remarcó un punto hasta dulce, que le aproximó a los vinos de postre, un perfil que comparten otros vinos alsacianos elaborados con esta variedad. Las cepas tienen entre 30 y 50 años y provienen de suelos predominantemente arcillo calcáreos. Aunque su potencial de guarda se sitúe entre los 15 y 20 años, esta añada en concreto se mostró algo cansada.

Gustave Lorentz tiene una amplia gama de vinos de Riesling disponibles. Algunos vinos están concebidos para consumirse entre tres y cinco años  ---curiosamente fue una de las primeras bodegas alsacianas en utilizar cierres de tapa rosca---   , y otros para perdurar hasta cuatro décadas. Todos los vinos tienen una fuerte vocación gastronómica. La bodega también elabora un prestigioso Vendanges Tardives & Sélection de Grains Noble.

MAISON PETTERMAN

 

Los Petterman han sido viticultores a través de varias generaciones de familia, una tradición vitícola que les ha otorgado una experiencia que han puesto al servicio de la naturaleza, tanto en lo que concierne al respeto a la viña y la tierra como en lo que tiene que ver con la elaboración apasionada de los vinos.

La empresa se fundó en 1928, comenzando a elaborar vino, aunque no sería hasta 1964 que se embotellarían los primeros. Hoy la bodega mantiene un tamaño manejable que permite vinificar cuidadosamente el conjunto de variedades alsacianas a la par que se preserva la tipicidad de los diversos terroirs.

La bodega presta una atención singular al trabajo en la viña, controlando los rendimientos, dinamizando los suelos con cubiertas vegetales y fertilizantes orgánicos, además de otros trabajos que contribuyen a reducir la frecuencia con que deben de entrar las máquinas al viñedo.

Dos Rieslings, un Gewürtztraminer y un Pinot Noir resumen parte del trabajo de los Petterman. El primero de los blancos, Maison Petterman Vin d’Alsace AOC Riesling 2016, un gran vino cuyos aromas fueron in crescendo, pasando por los tonos minerales a piedra mojada, manzana verde, melocotón, cítricos y polvo de café instantáneo. En boca fue muy goloso, con buen volumen, buena acidez, untuosidad, salinidad y un fin cítrico, con delicado final, no muy intenso, aunque sí persistente. Un Grand Cru es el Maison Petterman Alsace Grand Cru Muenchberg AOC Riesling 2018, que se mostró meloso pero sutil, menos expresivo en aromas. Tardaron en aparecer los recuerdos a suave piedra mojada, las notas florales y los tonos cítricos. Una boca fina y cítrica le definieron. El vino nace de un suelo con sedimentos volcánicos.

Mucho más intenso se mostró el Maison Petterman Vin d’Alsace Gewürtraminer 2018 Excellence, nacido de un terreno granítico y con aromas a fruta más madura como melocotón en almíbar, y tonos florales, anticipando un pase por boca con una acidez poco marcada que dejaron en éste sensaciones dulces que casi le permitirían pasar por un vino de postre, con largo retrogusto y unas notas finales a jenjibre y pimienta blanca.

Los tintos tienen presencia en un Maison Petterman Pinot Noir 2018 con notas a carne ahumada, carbón, almendra y enebro. Un tinto aún algo tánico en boca, donde la fruta no fue tan golosa, fue más bien ligero y sin profundidad, terminando con sensaciones a pimienta blanca.

MICHEL FONNÉ

 

Domaine Michel Fonné es una bodega que desde hace siete generaciones ha perpetuado la cultura de la viña como una tradición de familia. La actual la encabeza Michel Fonné, quien en 1989 tomó el relevo de sus padres y su tío para hacerse con el timón de este proyecto familiar de vinos.

Hoy la bodega regenta 13 hectáreas de viña esparcidas por cuatro comunas de Alsacia, en las que están plantadas las siete variedades que se cultivan en la región. En ellas hay tres Lieux-Dits (Rebgarten, Roemerberg, Vogelgarten) y cuatro Grands Crus (Mambourg, Mandelberg, Marckrain, Schlossberg). La mención de Lieu-Dit permite distinguir la producción de calidad resaltando las características específicas del terroir y aplicando estándares de producción aún más exigentes que los de las denominaciones comunales. Todo esto conforma un mosaico de terroirs que la bodega traduce en una paleta vínica que va de lo seco, a lo ligero a lo opulento o afrutado. En muchas añadas también elabora Crémant d’Alsace.

Los vinos de esta bodega tienen perfiles organolépticos complejos, definidos y únicos. El primero de dos blancos sobresalientes fue su muy elegante Michel Fonné Alsace Grand Cru Mambourg Riesling 2016, un vino con un vaivén de aromas que fluyó como las olas del mar: fósforo, flores blancas, puntos almendrados dieron paso a tonos tropicales como abundante mangó, parcha, piña. En boca fue fino, pero con volumen, y terminó con salinidad y notas eléctricas a jengibre, con fina persistencia y buen retrogusto. El segundo fue el Michel Fonné Alsace Gewürtztraminer 2019, un blanco elegantemente perfumado, con matices florales y a pomarrosa con un punto de bergamota, recuerdos a piñón, hoja seca, delicado humo de madera y tonos a cáscara de pistacho y nuez. En boca tuvo buen volumen, untuosidad, pero también buena persistencia y mucha delicadeza.

Otros dos blancos fueron el Michel Fonné Riesling 2018 Regbarten, con aromas minerales, cítricos, pera, frutas blancas, melocotón y una boca envolvente y amable, de acidez moderada, fin amargo y mucha delicadeza, y el Michel Fonné Alsace Grand Cru Marckrain Pinot Gris 2017, un blanco más meloso, con aromas a manzanilla y melón cantaloupe, pero también tonos minerales a talco y piedra mojada, así como una pizca de mantequilla. Con un pase por boca untuoso y con buen volumen este vino tuvo un punto de dulzor, que no desagradó.

PIERRE SPARR

 

Hay que retrasar el calendario hasta 1680 para dar con el origen de los Sparr. Fue entonces cuando Jean Sparr nació y un siglo después otro Sparr, François Pierre, comenzó lo que sería la expansión del proyecto familiar de vinos con la extensión de la viña.

Generación tras generación otros Sparr siguieron aportando a distintas áreas del negocio hasta que un joven Pierre determinó comenzar a embotellar vinos en la propiedad, siendo un pionero de ello en toda la región. Pero, además de botellas, Pierre fue responsable de reconstruir lo que quedó de la viña y bodega tras la Segunda Guerra Mundial, convirtiendo a su bodega en una de las más prestigiosas de Alsacia.

Hoy sus descendientes, que ya van por la novena generación, han proseguido consolidando el proyecto, con el fin de perpetuar la tradición, pasión y emoción que guió a sus ancestros.

Situada en el corazón de Alsacia, la bodega cuenta con unas 15 hectáreas de viña propia y 138 que son cuidadas por experimentados viticultores. Este amplio viñedo se reparte por varios pueblos alsacianos, lo que permite crear una amplia gama de botellas sacando partido de la gran diversidad de suelos que hay por esa extensión.

De ahí que la bodega elabore vinos de pago y de terroirs, Grands Crus, cosechas tardías, vinos botritizados Sélection des Grains Nobles, crémants, vinos sin sulfitos añadidos, además de vinos muy singulares, finos, profundos, longevos y gastronómicos procedentes de Clos Ste Odile, una pendiente en terrazas creadas a inicios del siglo XX con condiciones óptimas para el cultivo gracias a su extraordinaria insolación.

La bodega cultiva las siete principales uvas plantadas en Alsacia, además de la Klevener. De entre ellas se destaca la Riesling, que está plantada en distintos suelos: calcáreo, grès, esquisto y granito, lo que permite un abanico de expresiones en el vino.

Un ejemplo fue el Pierre Sparr Riesling 2019 Sol Calcaire, un blanco fino de color pajizo y aromas a toronja, otros tonos cítricos, recuerdos a talco y una boca muy mineral y salina, con buena acidez. Se trató de un vino de cuerpo más ligero y que terminó en boca con moderada persistencia.

El Pierre Sparr Riesling 2019 fue, a pesar de algo más parco en aromas, un blanco fantástico con gran persistencia, salinidad y un largo posgusto en boca, donde reflejó, además, mayor volumen. Aromas a melocotón y tonos minerales a talco le precedieron. Este blanco ensambla los distintos terroirs donde ubican las viñas de la bodega, lo que permite mantener un estilo consistente, independientemente de la añada. La viña tiene unos 30 a 35 años en promedio y en su plantación se utilizaron distintos clones en función del terroir y otro sinnúmero de criterios.

Los blancos se redondearon con el Pierre Sparr Gewürtztraminer Alsace Grand Cru Mambourg 2018, un blanco perfumado y exótico, con conjunción de aromas florales a violeta y tonos minerales, incluido un punto de queroseno, y una boca más dulzona con tonos tropicales a piña que le hizo idóneo para armonizar platos con frutas.

“En general, los Grands Crus de Gewürtztraminer se vendimian algo más tarde que otras parcelas. Además, su orientación hacia el sur, el tipo de suelo y la conducción de la viña permiten alcanzar maduraciones más elevadas que otros vinos de esta variedad, lo que hace que puedan percibirse casi próximos a los vendimia tardías. El Grand Cru Mambourg es un suelo marno-calcáreo que retiene bien el calor del sol y lo refleja en las variedades Pinot Gris y Gewürtztraminer que son las esencialmente plantadas en este terroir”, explicó a DiVINIdades de Viajes & Vinos François Fischer, responsable de Marketing y Exportación de la bodega.

Pero quizás la mayor sorpresa de Pierre Sparr no son estos blancos sino un tinto, el Pierre Sparr Pinot Noir 2019 Clos Ste Odile, un vino que reafirma el gran potencial de esta variedad en Alsacia. Este tinto tiene una bella, refinada y seductora nariz que invitó a sumergirse en un vino pleno de frutas rojas, fresas, frambuesas, notas florales a violetas y algún tono tostado. En boca fue un vino aún con taninos firmes, pero redondo y muy equilibrado, de cuerpo ligero que incluso va bien con alimentos picantes.

Según Fisher, este vino es uno de los más apreciados por los conocedores, aunque, de momento, aún no se consigue en América. Esto se debe a que para la mayor parte de los aficionados al vino la Pinot Noir francesa hace pensar inmediatamente en Borgoña. “Sin embargo, el tipo de conducción de la viña y las vinificaciones que hacemos en Alsacia se acercan cada vez más a las de Borgoña, aunque este Pinot Noir alsaciano que elaboramos no tenga contacto con barrica”, detalló.

SCHIEFERKOPF

 

Un apellido puramente alemán, Schieferkopf bautiza a un proyecto de vinos finos de la cuenca del río Rin, que abarca tanto a Alemania como a Alsacia, y es protagonizado por la Riesling, la Sylvaner y la Gewürtztraminer como paradigmas de la perfecta conjunción entre uva y suelo.

El proyecto se originó en Alsacia, y más concretamente en Bernardvillé, a poca distancia de una de las rutas a Compostela. Se dice que fueron los monjes cistercienses quienes plantaron las uvas en el siglo XII, ocho hectáreas de viña están plantadas en la única franja de esquisto azul en Alsacia. Se trata de un subsuelo único que data del pre-Cámbrico (más de 542 millones de años atrás), ubicado a una de las mayores altitudes de la región, 380 metros sobre el nivel del mar.

Para Millésimes Alsace, esta bodega hizo una selección de Rieslings de diferentes terroirs en una misma añada. Esto permitió apreciar el aporte del suelo al vino.

El Schieferkopf Riesling 2017 Fels fue muy perfumado y floral, con abundantes recuerdos a manzanilla y tonos aceitunados, que junto a un punto algo oxidado trajo reminiscencias de los finos y manzanillas de Jerez. Con una boca cítrica, este vino de madurez tardía realiza fermentación alcohólica con levaduras autóctonas, fermentación maloláctica total y luego reposa por 15 meses en fudres. El Schieferkopf Riesling 2017 Lieu Dit Berg fue más parco y mineral. Translució aromas a manzanilla, cítricos, humo, abundante pera y litchi. Tuvo también un punto de oxidación como los vinos de Jerez, y una boca fina y muy elegante.

El Scheieferkopf Risling 2017 de Buehl fue delicioso. Con melosidad sus notas lácteas y  a compota de manzana recordaron a las crème brûlées, engarzadas con tonos cítricos, a suave melocotón y frutas blancas. En boca tuvo estructura fina, fue untuoso y con buena acidez. Un vino equilibrado y largo en boca. Por último, el Riesling 2017 via Saint Jacques también fue fantástico, un vino serio y más austero donde las tonalidades minerales y las reminiscencias piedra mojada y puntos volcánicos convivieron con las notas a limón, membrillo y frutas de hueso. Una boca delicada y sutil, fina y con un fin salino y recuerdos especiados a jengibre matizaron a este vino con largura en el paladar.

  

DiVINIdades de Viajes & Vinos agradece al Consejo Interprofesional de Vinos de Alsacia su invitación a formar parte de esta edición de Millésimes Alsace. 

 

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Como si fueran soldaditos de plomo, las botellas de Alsacia fueron moviéndose militarmente de un lado a otro según la frontera fue cambiando de lugar. No se movieron ellas; se movió la frontera que hizo que, por temporadas, el territorio donde se encuentra la sede del Parlamento Europeo, aunque hoy sea francés, fuera a veces alemán.

Pocas regiones francesas guardan un mayor parecido con las alemanas que ésta, donde la influencia de los germanos es inequívoca, espejo de lo cual son los dialectos teutónicos que aún se hablan en algunas partes, la arquitectura tradicional con casas atravesadas por paneles de madera, los numerosos apellidos germánicos y, por supuesto, las variedades de uva compartidas para elaborar vinos que comparten algunas semejanzas, pero están separados por una frontera de terroirs que da a los de Alsacia un carácter particular.

Conocida también por su Riesling, la estrella fulgurante de los vinos alsacianos, y otras variedades blancas y tintas que comparte con el vino alemán, Alsacia cuenta con una historia vitivinícola de siglos, sobrellevada con resiliencia debido a los avatares que ha vivido esta región durante los últimos cinco siglos.

De guerras frecuentes que incluso llegaron a influir en las variedades cultivadas, los rendimientos y el estilo del vino elaborado, hasta la nacionalización de las viñas, la filoxera, la reducción de su superficie cultivada o el acre debate calidad-cantidad, la de Alsacia ha sido una ruta a trompicones, llena de obstáculos para entregarnos las botellas llenas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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