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¿Cuán “vieja” es “vieja” para que pueda llamarse así?

La entronización de las viñas “viejas” como materia prima de la que resultan vinos de calidad superior ha hecho que se recurra insistentemente al término viñas viejas en el etiquetado de vinos como un imán hechizante para convencer al comprador de que la calidad del vino está garantizada cuando su génesis fueron viñas de mayor edad.

¿Mayoría de edad? Depende. Lo que es viejo en algún lugar puede ser apenas adolescente para otros y con el objetivo de evitar la prostitución del término, para beneficio del consumidor algunas regiones y denominaciones, como recientemente lo hizo la DOCa Rioja, han establecido parámetros específicos para dar guías y certidumbre al consumidor sobre la edad de esas “cepas viejas”.

En Rioja hay muchas cepas con edad, como las hay en muchas otras regiones de España, algunas viejísimas, centenarias y hasta prefiloxéricas. Pero de nada vale si no se protegen, que ya cuesta mucho esfuerzo cuidarlas apropiedamente, o si se arrancan, destruyendo con ello la historia líquida, cultural y humana de una región.

Por eso hay que comenzar por valorar ese tesoro agrícola y protegerlo para que de él puedan surgir vinos con identidad distintiva, calidad y, por supuesto, un mayor precio que asegure la sostenibilidad del territorio.

Es, precisamente lo que intenta hacer el Douro portugués, una región donde conviven como orquesta sinfónica las viñas viejas, que han hecho de sus “field blends”, o potpurrí de variedades distintas en un mismo espacio, todo un referente de cepas viejas.

Esas longevas habitantes de las viñas son también un testimonio único y excepcional de una tradición cultural, y parte de un paisaje que ilustra momentos en la historia de un territorio. Así que consciente de ese valor como signo de distinción, diferenciador y de plusvalía, el Douro, a través de su organización Prodouro, se ha dado a la tarea de definir lo que puede considerarse una “vinha vela”, o viña vieja, para protegerla a largo plazo.

En esa región sui generis, como en otras de la Península Ibérica, la determinación de “vejez” tiene mucho que ver con la filoxera y las distintas olas de plantación de viñas tras esta plaga, pero también con el momento cronológico en que se delinea la edad de las viñas.

Se cree que la filoxera llegó al Douro alrededor de 1868 aunque fue a partir de 1872 que se hizo patente en muchas de las principales quintas de la región, en la que pronto empezaron a escasear los vinos y a subir los precios. Aunque algunos bodegueros, como John Fladgate, de la casa Taylor’s, se esmeraron por hallar soluciones a este grave problema, demoraría aún un poco en descubrirse que el injerto sobre pie de vides americanas permitía a las europeas resistir al devorador insecto. Lamentablemente, como los efectos de la plaga filoxérica habían arruinado a muchos bodegueros cuando aún no se tenía un antídoto a sus efectos, muchos bancales (socalcos) históricos donde estaban las viñas quedaron abandonados al no poderse replantar.

Tras la filoxera llegaron las guerras mundiales que afectaron al comercio de vino de Oporto, pero para la década de 1960 el negocio ya había empezado a estabilizarse, con lo que a mediados de esa década surgen las primeras reflexiones sobre lo que podía definirse como “viñas viejas”.

Para ello se rebuscó en la historia de la región tirando partido de dos decretos de 1934. El primero, de febrero de 1934, prohibía plantar nuevas viñas, y el segundo, de agosto, instruía a catastrar todas las propiedades de la zona demarcada del Douro, creando el primer catastro vitícola de la Casa del Douro. Así que, usando ese como referente esos dos decretos de 1934 las primeras “viñas viejas” podrían ser las viñas post-filoxéricas plantadas antes de 1934 y que se caracterizaban por mezclar variedades de uva en un mismo espacio (los célebres “field blends”), siguiendo el criterio del viticultor y su experiencia con terruños concretos.

Pero esta definición de “viña vieja” podría dejar fuera a variedades que pudieran tener un gran valor paisajístico o ser referentes para la viticultura por venir, ya que esa demarcación no incluía de forma expresa que las “viñas viejas” estuvieran plantadas en bancales como requisito esencial.

En algún punto después de esa fecha tuvo que haberse levantado esa prohibición, ya que en 1965 un nuevo decreto volvió a prohibir la plantación de nuevas viñas, con lo que “viña vieja” podría entonces considerarse como toda cepa plantada antes de ese año. Esas cepas post-filoxéricas plantadas antes de 1965 hoy tendrían un mínimo de 54 años y aunque plantadas en bancales, lo estarían en bancales apoyados por muros de piedra colocada, un método de conducción distinto a los bancales pre-filoxéricos.

A pesar de esa prohibición se continuaron plantando ilegalmente cepas que luego se regularizaron, y en la primera mitad de la década de 1970 se introdujo un nuevo método de conducción, el patamar, lo que marca una frontera en el concepto de “cepas viejas”, aunque esas viñas hoy tengan más de cuatro décadas. Por ello, la propuesta que en 2019 pretende definir lo que son “cepas viejas” consideraría no solo la edad de las cepas, que está claro es anterior a 1965, sino también el modelo en que éstas se conducen.

Esta evaluación suma, además, el fruto de la convivencia de estas viñas (en las que habitualmente hay diversidad de variedades plantadas en un mismo espacio), con el terroir, traducido en vinos muy diferenciados y con personalidad, una suma que ha sido difícil de replicar en cultivos por separado. Esto, porque intercaladas en esas viñas viejas hay variedades minoritarias con gran peso en esa ecuación, y que en las nuevas plantaciones posteriores a 1964 se excluyeron de los cultivos.

Ponderando lo anterior, algunos proponen organizar las “viñas viejas” en dos categorías. La “viña vieja histórica” abarcaría las cepas plantadas tras la filoxera, pero antes de 1934 y conducidas en bancales históricos. La “viña vieja” abarcaría las cepas plantadas tras la filoxera y hasta 1965, en bancales apoyados por muros de piedra colocada.

Por su adaptación a una zona, las viñas viejas han logrado autoregularse por sí mismas, contrario a las viñas más jóvenes, que si bien pueden producir vinos de excelente calidad, necesitan que las regule la mano del viticultor. Las cepas viejas producen racimos más pequeños y rendimientos más bajos, pero son las que mejor expresan el espíritu de un terruño, siendo las más jóvenes más expresivas del carácter varietal de una uva.

La definición y revaloración de las “viñas viejas” durienses toma en cuenta aspectos históricos (fecha de plantación y método de conducción), paisajísticos (cómo moldearon el territorio), turísticos (elemento diferenciador que crea atractivo a los visitantes), comercial (porque otorgan un valor especial al vino y a la región) y financiero (por la necesidad de apoyar su salvaguarda y dinamización turístico-cultural). Todo, con el objetivo de preservarlas y evitar su extinción.

Algunos grupos bodegueros de la región, como la Real Companhia Velha, ya han emprendido esfuerzos con la recuperación de algunas variedades minoritarias halladas entre sus viñas viejas, estudiándolas y elaborándolas en vinos singulares y de excepción, que permitan conocerlas, preferirlas y potenciarlas a nivel comercial, con repercusión en su preservación en la viña.

La iniciativa de Prodouro, que persigue un reconocimiento y aval a nivel institucional, es un importante paso adelante en la preservación patrimonial de un material vegetativo irrepetible, como irrepetibles son la geografía, la historia y la cultura, una suma que con el factor humano, hace del Douro vitivinícola uno de los grandes tesoros de la humanidad.

 

19 de diciembre de 2019. Todos los derechos reservados ©

 

Fotos desde la Portada: Quinta da Roêda (Croft), Quinta do Panascal (Fonseca), Quinta das Carvalhas, Quinta da Roêda

 

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El Douro busca definir sus “viñas viejas” para proteger su herencia vitícola y patrimonial

 

Texto: Rosa María González Lamas. Fotos: Viajes & Vinos (C).