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Pintada como está la capital con falsos techos de paraguas convertidos en íconos fotográficos, a los tornasol del Viejo San Juan y a los blancos de La Placita de Santurce hay que añadirles los de pantone treixadura. Hay paraguas del Caribe y hay Paraguas del Atlántico. Porque caiga lluvia y se necesite paraguas o haga un sol de carallo que precise utilizar sombrilla, los Paraguas de color treixadura siempre tendrán dotes mágicas para hacer que llueva vino del Ribeiro.

La treixadura es la uva reina que pinta las viñas de la denominación de origen más antigua de Galicia, una tierra privilegiada vertebrada por el río Miño que desde hace centurias es famosa por sus vinos. Tanto, que se atribuye haber sido del Ribeiro, o al menos de Ribadavia, los primeros vinos que viajaron con Cristóbal Colón al Nuevo Mundo.

Ribeiro es eso, un nuevo viejo mundo de vino que en las últimas dos décadas ha vivido una transformación elocuente gracias a un trabajo notable en viña, extrayendo lo mejor de uno de los patrimonios vitícolas más diversos de Galicia, a la valorización de la figura del pequeño productor y la originalidad de los terroirs de sus viñedos, a la potenciación de sus cepas autóctonas, pero también a la capacidad de exponer sus productos en botella fuera de su territorio.

«Galicia ha sido la última zona del mundo vinícola en incorporarse al carro de la tecnología y el Ribeiro ha perdido trenes históricos, a pesar de que el primer vino llevado a América se supone fuera de allí», dice Marcial Pita, la mitad de la naranja de Bodegas El Paraguas.

Además de la base granítica del suelo, y de la treixadura predominante, el tercer denominador común de los vinos de la bodega es la madera, que se emplea de forma diversa y juiciosa para enriquecer con finura sin apabullar sus matices de uva y terruño, y dotar, además, a los vinos de un potencial de guarda, que Pita estima puede alcanzar las dos décadas. «Ahora estamos retrasando más la salida de los vinos al mercado », explica el bodeguero.

Estas etiquetas, que llaman la atención por su palidez de su color, no son para las distancias cortas, sino para los corredores de fondo que tienen la paciencia de esperar que florezcan en copa. Porque es un deleite atestiguar su metamorfosis a medida que transcurre el tiempo y los vinos se crecen en cada sorbo.

A El Paraguas Pita lo describe como el «vino de pueblo», porque en él se funden uvas de varios viñedos y altitudes. Es el vino de entrada que ensambla 85% treixadura, 10% godello y 5% albariño. De estas tres variedades la godello permanece unos tres meses en barricas borgoñonas de roble francés de 600 litros. Su añada 2017 es pulida y fresca en boca, estrenándose de manera casi austera, con notas a flores blancas, recuerdos a tiza y a marcada piedra, persistente en nariz. Esa sensación mineral persiste en boca, donde también de inicio el vino se muestra contenido, discreto, para luego ir revelando una delicada y prolongada salinidad, evocaciones al hueso de fruta de hueso y notas cítricas hasta llegar a un final con pizca amarga a toronja. Es fresco, pero su acidez no es marcada. Tiene buen volumen, pero no es denso ni untuoso, y en boca es moderadamente persistente, lo que aunado a la elegancia de su discreción, deja un velo de curiosidad por probar más.

«Cuando fuimos a iniciar el proyecto nos contaron que una de las montañas del valle hacía de paraguas natural de la viña, haciendo que su ciclo se ralentizara, lo que permitia a la savia fluir de forma que no quemara la viña. Fue por eso que bautizamos al vino como El Paraguas, aunque no constaté la función protectora de aquel «paraguas» hasta la vendimia 2017», relata Pita.

Del paraguas al anfiteatro, pues ésa es la forma de la la viña de donde nace La Sombrilla, un vino de parcela, que prescinde de la godello para enfocarse en un 92% treixadura y 9% albariño. El contacto con las lías finas es seña importante de este vino cuyo 60% fermenta en acero inoxidable y el restante 40% en barrica borgoñona de roble francés de 600 litros. Completada la fermentación, la porción que fermentó en acero reposa allí con sus lías durante tres meses, y la que fermentó en barrica lo hace durante seis, tras los cuales se ensamblan ambos vinos.

El tiempo ha hecho que la añada 2016 de La Sombrilla se perciba más pulida que la de El Paraguas. Son dos expresiones diversas de la mineralidad. Notas alimonadas con cierto aire de tropicalidad en conjunción con frutas blancas se pasean entre los aromas de este vino, que proyecta un velo de humo y se inclina más por la fascinante onda mineral que por la afrutada. En boca es más seco, de trago más fácil, con una pizca amarga en su final. Un vino atlántico y con nervio, que como su pareja va ganando volumen en copa, donde se antoja largo.

Al trío de etiquetas blancas lo completa Fai un Sol de Carallo, un vino de escasísima producción, cimentado también en la treixadura.

«Del mismo modo que cuando visito Puerto Rico quiero comer tostones, arroz con habichuelas y tres leches, el mercado internacional demanda autenticidad en los vinos y las cepas autóctonas ofrecen esa singularidad», dice Pita, quien, como su socio Felicísimo, no es bodeguero a tiempo completo, por lo cual no tienen reparos a la hora de los riesgos o el qué dirán.

De hecho, aunque El Paraguas y La Sombrilla están amparados en la DO Ribeiro, al lanzar Fai un Sol de Carallo ponderaron si lanzarlo como vino de mesa o amparado en la denominación de origen. Porque si alguien sabe de mercado es Marcial Pita, quien desde su adolescencia está vinculado al mundo del vino, primero como trabajador en un almacén que preparaba pedidos y posteriormente como un prolífico y respetado escritor sobre vinos y catador.

Curiosamente, a pesar de su inclinación por los vinos tintos, el mercado de Puerto Rico es el tercero de los diez mercados internacionales con mayores ventas de Bodega El Paraguas. «Es un mercado heterogéneo, inteligente, pero que desconoce y le falta educación sobre el Ribeiro», opina el bodeguero, quien con su alter ego Felicísimo, estuvo de visita en la Isla para tener y aprender de un contacto de primera mano con un mercado en el que Bodega El Paraguas lleva presente unos cuatro años de la mano de Plaza Cellars.

Pero junto con El Paraguas, la niña de los ojos de los bodegueros mira también a la tierra natal de Pita, Ferrol, donde dúo de vino mantiene un viñedo experimental para valorar el potencial de la variedad branco lexítimo (albarín o raposo) en los suelos graníticos de Esmelle, una zona sin tradición vitivinícola y que convive con el clima atlántico más extremo.

«La branco lexítimo es exigente, pero de ciclo corto, lo que es bueno a nivel viticultural», detalla Pita, a quien curiosamente la cosecha 2019 le sorprendió con una tempranísima brotación a inicios de marzo en ese viñedo. Clones de branco lexítimo de cinco procedencias diversas del noroeste español se estudian en la viña, un proyecto compartido con la Xunta de Galicia, cuyos resultados preliminares tienen a los bodegueros muy entusiasmados. Son, el futuro contenido de Astillero, el vino que contemplan producir de este proyecto.

¿Y para cuándo un tinto ? Además de las cepas blancas, en Ribeiro Bodegas El Paraguas tiene también plantada mencía, una variedad con la que Pita no descarta llegar a hacer algo muy innovador. Lo aseguramos.

Que llueva, entonces, más vino.

 

9 de marzo de 2019. Todos los derechos reservados ©

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Dice Marcial Pita que la abeja velutina es la filoxera moderna porque se come toda la uva blanca.

 

Son parte de las viñas de su familia la génesis de los vinos de El Paraguas, cuyo teritorio de uvas se extiende por unas cinco hectáreas en el valle del río Avia, uno de los tres ejes fluviales del Ribeiro. En el valle del Avia la bodega cuenta con tres fincas : La Cabrita, A Castiñeira y Château El Paraguas, que van de los 60 a los 400 metros de altitud sobre el nivel del mar. A esta altitud se sitúa la última de esas tres, que es la parcela que rodea la estructura de la bodega donde comenzaron a elaborar en 2015, y posee las viñas más jóvenes y más altas del proyecto, una plantación pensada muy de cara al futuro.  

Porque la más vieja es centenaria y de familia. Hectárea y media que plantó el abuelo de Felicísimo en 1892, respetando los patrones al replantar tras la filoxera, lo que permitió preservar cepas autóctonas del Ribeiro y posteriormente reinjertar el palomino que pudo plantar entonces. Así conviven en ella treixadura, albariño, godello, torrontés y algo de lado, otra exigua cepa de la región. De ahí que, como es costumbre en las cepas muy viejas, las variedades estén mezcladas, por lo que a la hora de cosechar se repasen varias veces las cepas, escogiendo por etapas las que están en su punto óptimo de maduración.

El suelo de granito es el firme eslabón de este proyecto que entiende el viñedo como una unidad familiar y trata a cada planta como un integrante con algo único que aportar a la familia. Remando juntos nacieron tres vinos: El Paraguas, La Sombrilla y el escasísimo Fai un Sol de Carallo, bautizado como la movida canción que el grupo Resentidos hiciera célebre en la década de 1980. Todos los vinos se gestan en viñas con mínima intervención, siempre que el clima lo permita, y con marcos de plantación muy apretados para crear competencia entre las plantas y limitar los rendimientos.  A excepción de las que se destinan a esta última etiqueta, la bodega vinifica sus uvas por variedad y por viñedo y con distinta forma de elaboración según qué vino y qué añada.

 

Gallego de origen y comunicador sobre vinos, irónicamente no fue hasta visitar el Ribeiro en 2010 para acudir a una premiación de vinos que se percató del potencial de una región que le era próxima pero le había permanecido desapercibida. A partir de ahí se enlazó indisolublemente a ella hasta el punto de decidir distanciarse de La Mancha, tierra que había escogido para elaborar su primer vino, el premiado El Linze.

Con ojo de lince intuyó el futuro del Ribeiro   ---que hoy lidera el mercado del vino en Galicia y abraza cada vez más mercados internacionales---,  lo que le motivó buscar un socio para una nueva aventura en esas tierras. Fue así como se vinculó a Felicísimo Pereira, un viejo conocido de concursos de vinos y catas de calificación en distintos Consejos Reguladores de Galicia.

Así nació en 2011 el proyecto El Paraguas, un concepto que reverencia los vinos que reflejan de manera visceral el terruño, en este caso granítico y de clima atlántico, y la identidad de las uvas, pero con un estilo elegante, delicado y evidente calidad.

Tan enraizado en el Ribeiro como las uvas que cultiva, Pereira es un erudito del patrimonio vitícola autóctono de la denominación, gracias a una historia de generaciones cuyo legado en el vino él ha sabido asumir con total dedicación, tanto en los proyectos de bodega de familia como en otros que asesora a través de toda Galicia y que en 2011 le valieron la distinción como Mejor Enólogo de esta comunidad.

 

Un eslabón de Paraguas

 

Rosa Maria Gonzalez Lamas. Foto: Viajes & Vinos y Suministradas.